13/06/2021

El peronismo, antes y después del kirchnerismo

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Una vieja pregunta regresa adaptada a estos tiempos. Una parte del peronismo comenzó a preguntarse si tendrá futuro luego del kirchnerismo.

Ahora que Cristina Kirchner y su gente dominan el mando con su influencia y sus decisiones, la pregunta sobre el impacto que provocará la radicalización hacia una autocracia populista comienza a instalarse entre peronistas integrados a la alianza oficialista y dirigentes de sectores que se sienten cada vez a mayor distancia del experimento de la vicepresidenta.

La reinvención del peronismo ha sido una constante desde los días del primer mandato presidencial del propio Juan Perón.

Muerta Eva Perón, aun en la sordina impuesta por la censura, hubo quienes se inquietaron por saber cómo se manejaría el general sin la dirigente más pasional del movimiento.

Con el jefe en el exilio, se buscaron respuestas respecto de la sobrevivencia de su liderazgo. El peronismo sin Perón que muchos soñaron conducir fue dinamitado sin miramientos. Augusto Vandor, el jefe de la Unión Obrera Metalúrgica, fue asesinado luego de exponerse como referencia del panperonismo.

Con el líder de regreso, los interrogantes sobre la sucesión abrieron ríos de sangre. Durante su tercer mandato, el propio Perón enfrentó a los Montoneros que esperaban la muerte del “Viejo” (como lo llamaban) para copar el poder. Fueron los mismos sueños que por unos meses llegó a consumar José López Rega, al ejercer su esotérica influencia para colocar a Isabel Perón en el primer lugar de la línea sucesoria.

Con Perón muerto dos años antes de la dictadura, el peronismo reapareció y fue derrotado por primera vez en las elecciones libres que restablecieron la democracia. Promesas de democratización internas incluidas, el movimiento tardó todavía varios años hasta encontrar en 1988 a Carlos Menem como un líder reconocido por (casi) todos los sectores internos.

Ocurriría entonces la recordada mutación de Menem de caudillo provincial a referente regional del neoconservadurismo, en esos tiempos dominados por el liderazgo global de Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

Otra vez, muchos se preguntaron cómo el peronismo sobreviviría al menemismo. Fue Eduardo Duhalde quien, en el intento de suceder a Menem, anunció que era necesario salir del plan de convertibilidad, la llave maestra de la década del noventa.

El colapso de 2001 le permitió a Duhalde consumar la salida de la paridad cambiaria que en realidad ya se había producido de hecho durante la caída de Domingo Cavallo y Fernando de la Rúa. El exgobernador bonaerense abrió luego el camino para el comienzo del experimento kirchnerista.

Una vez más, el peronismo cedía su nombre y sus votos para una escalada con enunciados de izquierda, sociedades regionales afines y viento de cola gracias a la cotización de la soja. El combo permitió la consolidación del matrimonio Kirchner como una sociedad presidencial.

La deriva final fue el último mandato de Cristina, en el que una fracción del peronismo se fugó del oficialismo por la vía de la provincialización de sus liderazgos, o por el ensayo fallido de Sergio Massa, originado en la provincia de Buenos Aires.

El reagrupamiento y la experiencia de volver a compartir el espacio no impidieron, sino, por el contrario, que potenciaron que el kirchnerismo volviera a hegemonizar todo el espacio político al extremo de dejar en ridículo a sus socios y de desestimar la vocación de presidente moderado que pretendió instalar Alberto Fernández.

Como en los noventa, cuando los mejores voceros de Menem eran dirigentes procedentes de la Ucedé, en estos tiempos quienes mejor interpretan la inclinación hacia la autocracia populista que parece buscar Cristina no son originarios del peronismo, sino referentes llegados de la izquierda ignota o de la diáspora del radicalismo.

En estos días de ideas licuadas y fraudes intelectuales, al peronismo no kirchnerista le preocupa tanto el alineamiento global que lleva adelante la vicepresidenta como el proyecto de colonización completa que encara su hijo Máximo.

Si hay quienes miran con inquietud que los nuevos socios de la jefa partidaria vuelvan a ser Rusia o Venezuela, son más los que temen ser jubilados por La Cámpora, en un remedo incompleto del intento montonero de “tirar a los viejos por la ventana”, según lo había advertido el propio Perón.

Sobre esos dos riesgos de llegar a puntos de no retorno se basan algunos ensayos por fuera de la reunificación que hizo posible el triunfo electoral de 2019. Son por ahora jugadas incipientes, más bajo la forma de un indicio que como la consumación de una decisión tomada.

Ya son conocidos los pasos por el territorio bonaerense del exministro Florencio Randazzo. Es algo así como la nueva versión del massismo, más algunos dirigentes que apoyaron a Roberto Lavagna. Desprendido del kirchnerismo en 2015, Randazzo falló en 2017 como candidato autónomo, pero su magra recaudación le quitó el triunfo que entonces esperaba obtener Cristina Kirchner.

Hay otro ensayo que guarda un parentesco lejano con la liga de gobernadores que alguna vez llegó a llamarse peronismo federal. No será blanqueada por ahora la intención del gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti, de medir sus posibilidades de presentarse como presidenciable.

No es una casualidad que a imagen y semejanza del nombre que tiene el peronismo de Córdoba –Hacemos por Córdoba– hayan empezado a aparecer agrupaciones con el mismo nombre, salvo el nombre de la provincia. Así acaban de nacer Hacemos por Santa Fe, de la mano del gobernador Omar Perotti, al igual que en Corrientes, Misiones y Salta.

Todos se anotarán como ensayos territoriales en las elecciones que vienen. ¿Será el primer paso de un camino hacia 2023? “Si Joe Biden fue presidente a los 78, ¿por qué no podría haber un presidente de 74?”, empezaron a repetir los cordobeses cada vez que venden la silente proyección de su gobernador.

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