26/07/2021

El Libro de los Muertos: logran ensamblar los fragmentos hallados en una momia

Especialistas en el arte y la historia del Antiguo Egipto lograron reunir dos piezas de la envoltura de una momia de 2300 años de antigüedad y revelaron que estaba cubierta con jeroglíficos del Libro de los Muertos.

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Los dos fragmentos de tela se unieron de forma remota después de que el Museo Teece de Antigüedades Clásicas de la Universidad de Canterbury, ubicado en Nueva Zelanda, catalogara en una base de datos online de acceso público la imagen de un fragmento de lino que había sido arrancado de la momia hace tiempo.

Los dos fragmentos de tela se unieron de forma remota

Los dos fragmentos de tela se unieron de forma remota (Universidad de Canterbury/)

Mientras tanto, los historiadores del Instituto de Investigación Getty de Los Ángeles vieron la imagen digital y se dieron cuenta de que poseían un trozo similar de ese sudario que encajaba a la perfección, como una pieza de rompecabezas, con la sección de tela neozelandesa.

“Aunque existe una pequeña brecha entre los dos fragmentos de tela, la escena tiene sentido. El encantamiento tiene sentido y el texto es acertado. Es asombroso poder unir estos fragmentos a la distancia”, celebró Alison Griffith, experta en arte egipcio y profesora en la Universidad de Canterbury.

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El Libro de los Muertos fue creado por los egipcios para guiar al difunto a través del más allá. El texto consiste en una serie de sortilegios mágicos destinados a ayudar a los muertos a superar el juicio de Osiris, asistirlos en su viaje a través del inframundo y emigrar hacia la otra vida.

“La creencia egipcia era que los difuntos necesitaban cosas mundanas en su viaje hacia y en la otra vida. Por lo que el arte en las pirámides y las tumbas no es arte como tal, sino que se trata de escenas de ofrendas de suministros, de sirvientes y de otras cosas que se necesitan en el otro lado”, indicó Griffith.

Una de las imágenes más famosas es la determinación del peso del corazón del difunto que se colocaba en un balanza para compararlo contra una pluma

Una de las imágenes más famosas es la determinación del peso del corazón del difunto que se colocaba en un balanza para compararlo contra una pluma (Instituto de Investigación Getty/)

Las versiones del Libro de los Muertos variaban de una tumba a otra, pero una de las imágenes más famosas es la determinación del peso del corazón del difunto que se colocaba en un balanza para compararlo contra una pluma, símbolo de la armonía, la verdad y la justicia. Los dioses formulaban distintas preguntas sobre la vida del difunto y el corazón respondía por su portador. De acuerdo con las contestaciones, el corazón aumentaba o disminuía su peso y finalmente Osiris dictaba sentencia. Si el corazón era más liviano que la pluma, la sentencia era favorable y el difunto se aseguraba la vida eterna. Por el contrario, si el corazón era más pesado que la pluma, este hecho indicaba impureza y era arrojado a Ammyt, un ser con cabeza de cocodrilo, piernas de hipopótamo y cuerpo de león, que lo devoraba. Esto significaba el final definitivo de la vida sin ninguna posibilidad de resucitación en el más allá.

La tradición de incluir el Libro de los Muertos en las tumbas comenzó con inscripciones escritas directamente en las paredes de los sepulcros durante el final del Reino Antiguo (entre los años 2686 a.C. y 2181 a.C.), y al principio, sólo se ofrecía a la realeza enterrada en Saqqara.

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En la época del Imperio Nuevo (alrededor del año 1539 a.C.), se creía que la vida después de la muerte era accesible a todos los que podían permitirse su propio Libro de los Muertos, y el texto pasó a estar escrito sobre los papiros y sobre el lienzo utilizado para envolver los cuerpos momificados de los egipcios que no pertenecían a la realeza.

Sin embargo, copiar el Libro de los Muertos en las envolturas de las momias no era una tarea fácil. “Es difícil escribir sobre este material porque se necesita una pluma y una mano firme, y esta persona ha hecho un trabajo increíble”, aseguró Griffith sobre el fragmento de lino de Canterbury.

Los historiadores del Instituto de Investigación Getty tenían un trozo similar de ese sudario que encajaba con la sección de tela neozelandesa

Los historiadores del Instituto de Investigación Getty tenían un trozo similar de ese sudario que encajaba con la sección de tela neozelandesa (Instituto de Investigación Getty/)

Las ilustraciones de esta pieza de tela muestran escenas de la preparación para la vida después de la muerte como carniceros que sacrifican a un buey para una ofrenda; unos hombres que trasladan diversos muebles para la vida después de la muerte; cuatro portadores o abanderados identificados cada uno con su nombre y que incluyen un halcón, un ibis y un chacal; una barca funeraria con las diosas Isis y Neftis a ambos lados; y un hombre que tira de un trineo con la imagen de Anubis, el dios de los muertos con cabeza de chacal.

Aunque el fragmento del lino de Canterbury es largo, sobre todo una vez unido con el trozo del Instituto de Investigación Getty, era solamente una fracción de las tantas que se utilizaban para envolver el cuerpo de la momia. “El fragmento de lino es solo una pequeña pieza de un conjunto de vendas que fueron arrancadas de los restos de un hombre llamado Petosiris. Secciones de estas piezas están ahora repartidas alrededor del mundo, tanto en instituciones como en colecciones privadas“, dijo Foy Scalf, jefe de los archivos de investigación del Instituto Oriental de la Universidad de Chicago.

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“Es un destino desafortunado para Petosiris, quien tuvo tanto cuidado y gasto en su entierro. Y, por supuesto, plantea todo tipo de cuestiones éticas sobre los orígenes de estas colecciones y nuestras prácticas de coleccionismo continuas de recolección”, indicó Scalf.

Como las opiniones sobre la ética de la adquisición de elementos egipcios cambiaron de manera considerable en los últimos años, existe un mayor interés en cómo se han recolectado, vendido y distribuido las piezas de colección por todo el mundo. “De hecho, el rastreo de artefactos separados y que antes estaban unidos, ese ahora un subcampo de los estudios de los museos”, manifestó Griffith.

La egiptóloga informó que la procedencia del fragmento de la Universidad de Canterbury llegó a manos de Charles Augustus Murray, quien fue cónsul general británico en Egipto de 1846 a 1853, y que posteriormente pasó a formar parte de la colección de Sir Thomas Phillips, un alto funcionario británico. Luego, fue comprado en nombre de la institución educativa en una venta realizada por la casa de subastas Sotheby’s, en 1972, en Londres.

Lo que continúa siendo un misterio es cómo se separaron estos dos fragmentos para terminar en Nueva Zelanda y Estados Unidos, a miles de kilómetros de distancia y en lados opuestos del mundo.

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