25/07/2021

Actuar sin pensar: cómo hacer para regular las emociones y dejar de ser impulsivo

“Soy de responder rápido”; “Soy muy impulsivo”; “Me enojo fácilmente” son todas frases que solemos escuchar provenientes de aquellas personas que responden impulsivamente.

Vivimos en una cultura que, en parte, colabora con la falta de control de nuestros impulsos. Por lo general, todo lo referente a estabilidad, reflexión y capacidad de introspección no está bien visto. Todo debe ser “ahora”; todo se debe responder “ya”. Si alguien nos escribe algo que nos desagrada en las redes sociales, salimos a responder impetuosamente. Si alguien roza con su auto el nuestro en la calle, de inmediato, surge el impulso de enfrentarlo.

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Hoy, más que nunca, vivimos en medio de escaladas simétricas donde uno se enoja y el otro se enoja todavía más. Es así como se activa la “ley del más fuerte”, al punto de que, en algunos casos, las cosas terminan mal.

En psicología, denominamos primario al siguiente proceso:

Cuando éramos pequeños y queríamos algo, satisfacíamos ese deseo.

Proceso primario

Proceso primario

Lentamente, nació el proceso secundario.

Proceso secundario

Proceso secundario

Ahora, en esta nueva etapa, queríamos algo y hacíamos una evaluación. Nuestros padres nos ayudaban a pensar para, luego, ser capaces de tomar una buena decisión.

En el primer caso, se trata de una reacción infantil; mientras que, en el segundo, observamos una respuesta (en lugar de una reacción) llevada a cabo en forma madura. La capacidad de posponer, de regular las emociones, de controlar los impulsos, es un acto de madurez emocional.

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Cuenta una historia que un hombre vivía en una cabaña. Un día, al llegar, se encontró con su perro todo ensangrentado. Sin pensarlo, tomó un arma y lo mató. Al entrar en la habitación, encontró a su hijo llorando, con una serpiente a su lado. Lo que había acaecido es que el perro había salvado al pequeño. Cuántas veces hemos reaccionado, respondido, actuado rápidamente y, una vez en calma, dijimos: “¿Por qué no esperé un poco?”.

Analicemos, a continuación, cómo podemos manejar nuestros impulsos: Imaginemos una piscina y un trampolín. Mientras subimos la escalera del trampolín hasta su base, siempre podemos volver hacia atrás. Pero, una vez que saltamos, ya no hay modo de volver atrás. Solo cuando estamos de pie sobre la base del trampolín, tenemos la posibilidad de regresar y decidir no saltar.

Una vez que saltamos, ya no hay modo de volver atrás

Una vez que saltamos, ya no hay modo de volver atrás

El análisis en cadena que hacemos es importante, pues nos permite comprender en qué situaciones somos impulsivos.

Te invito a pensar e identificar en qué momento comenzás a subir la escalera de un trampolín imaginario. Quizás, ya en el segundo escalón, te das cuenta de que tenés un dolor de cabeza o una contractura. Empezás a pensar: “Esto me lo están haciendo a propósito”.

Mientras subimos la escalera del trampolín hasta su base, siempre podemos volver hacia atrás.

Mientras subimos la escalera del trampolín hasta su base, siempre podemos volver hacia atrás.

Cuando identifiques que el enojo comienza a crecer, detenete y preguntate: “¿Qué quiero? ¿Qué me conviene hacer?”. Y tomate el tiempo suficiente para razonar. De esa forma, el enojo disminuirá. Esperar 24 horas es una buena técnica. Cuanto más sientas la urgencia por reaccionar, más deberías frenarla. Es muy probable que la respuesta que des en ese momento sea errónea.

Cuando estamos relajados, el cortisol y la adrenalina descienden. Tenemos visión amplificada y observamos el afuera de otro modo. Cuando identificamos que el enojo está en ascenso (pero aún no llegamos al impulso), es fundamental hacer “tiempo afuera”. ¿Qué significa esto? Salirse de la situación en la que nos encontramos.

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Si estamos en casa, podemos ir a dar un breve paseo; si estamos en el trabajo, podemos hacer una pausa para beber un café. Distraerse con algo consiste en salirse tanto física como mentalmente de ese lugar, y esperar. Al cabo de unos veinte minutos, el cortisol habrá disminuido, nos sentiremos mucho mejor y podremos decidir inteligentemente.

Ser impulsivo no es un acto de fortaleza, como algunos creen. El que agrede, en el fondo, es una persona débil porque siempre repite el acto impulsivo. La gente verdaderamente fuerte es la que piensa, evalúa y toma la mejor decisión. Responder y no reaccionar. Practiquemos este hábito hasta que lo hayamos incorporado como parte de nuestro diario vivir.

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