23/10/2021

La increíble historia de Catalina de Erauso, la novicia que huyó del convento vestida como hombre y combatió como soldado en América

Hay hazañas que convierten a . La gente se reunía dondequiera que fuera, y fue agasajada por la realeza. Se hicieron al menos dos ediciones de sus memorias, un puñado de artistas pintaron su retrato y, en 1629, el dramaturgo Juan Pérez de Montalbán, discípulo predilecto de Lope de Vega, compuso y representó en la corte la obra teatral La monja Alférez.

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Visitó las cabezas coronadas de Europa, y el monarca español Felipe IV hasta le concedió una pensión militar anual. El Papa Urbano VIII, no solo la recibió, sino que le “concedió a doña Catalina, entre otras muchas mercedes, la de permitirle usar el traje de hombre, y como no le faltó quien criticara de indecente aquella concesión, el Pontífice dijo con satisfacción:

“‘-Dadme otra monja alférez, y le concederé lo mismo’”.

El gesto del Papa Urbano VIII es casi inconcebible

El gesto del Papa Urbano VIII es casi inconcebible (Wikipedia/)

¿Por qué?

Es fácil comprender que su historia llamara la atención; no se conocían muchos casos de mujeres viviendo como hombres, particularmente españolas. No sorprende que despertara curiosidad, patente en una carta escrita desde Roma en 1626 del viajero Pedro del Valle, conocido como “el Peregrino”, quien la retrató con su pluma.

“…vino por primera vez a mi casa el alférez Catalina Erauso, viscaína, arribada de España la víspera. Es una doncella de unos treinta y cinco a cuarenta años. Su fama había llegado hasta mí en la India Oriental”. (…) “Alta y recia de talle, de apariencia más bien masculina, no tiene más pecho que una niña. Me dijo que había empleado no sé qué remedio para hacerlo desaparecer. Fue, creo, un emplasto que le suministró un italiano; el efecto fue doloroso, pero muy a deseo”.

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“De cara no es muy fea, pero bastante ajada por los años. Su aspecto es más bien el de un eunuco que el de una mujer. Viste de hombre, a la española; lleva la espada tan bravamente como la vida, y la cabeza un poco baja y metida en los hombros, que son demasiado altos. En suma, más tiene el aspecto bizarro de un soldado que el de un cortesano galante. Únicamente su mano podría hacer dudar de su sexo, porque es llena y carnosa, aunque robusta y fuerte, y el ademán, que, todavía, algunas veces tiene un no sé qué de femenino”.

Lo que es más difícil de entender es que, por el solo hecho de revelar que era mujer, no fuera condenada por la otra parte de su confesión, resumida con “maté, herí, maleé”, pero detallada sin tapujos ni mucho remordimiento en su autobiografía Vida i sucesos de la monja alférez. Y eso en una década que no se caracterizaba por ser permisiva. La Inquisición, que tenía como objetivo purificar religiosamente el mundo, estaba en pleno apogeo.

Pedro del Valle, conocido como "el Peregrino", la retrató con su pluma

Pedro del Valle, conocido como «el Peregrino», la retrató con su pluma

Quizás…

…La salvó la imaginación de la sociedad que la celebró. Tal vez la explicación esté en el irresistible placer del entretenimiento. Aunque hasta el día de hoy los académicos discuten sobre la autenticidad de la autobiografía (el manuscrito original se perdió) y hasta la veracidad de partes de su relato, lo cierto es que la historia con la que ella se presentó ante el mundo se parecía a las obras de ficción más populares de la época.

Era una historia de aventuras asombrosas, con rasgos de los cuentos picarescos tan de moda en ese momento, que además se ajustaba al gusto literario del barroco al retratar cambios de identidad y realidades disfrazadas. Tenía un protagonista astuto aunque falto de moral, cuyos esfuerzos por disfrazar su feminidad y sus consecuencias generaban drama e intriga.

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Catalina era un fenómeno curioso, algo con lo que se deleitaba el público de la época, cuya vida era consideraba excepcional lo que, en la moral barroca, atenuaba sus transgresiones de las normas.

Como ser humano, hombre o mujer, sus acciones eran a menudo más que reprobables; como personaje, cautivó la imaginación de la sociedad que la acogió a tal punto que esquivó en la vida real el destino tradicional de la mayoría los antihéroes ficticios, siendo premiada con la fama que le dio la influencia para conseguir lo que quería, en vez de recibir su merecido.

Y quizás también…

Los expertos señalaron otras posibles razones por las cuales la España de la época, en vez de quemar a la monja alférez en la hoguera, la acogió y la inmortalizó casi de inmediato. Una de ellas es que la sociedad barroca ya estaba obsesionado con “cosas prodigiosas, llamativas y extrañas”, y Catalina, la monja sin pechos, el hombre sin falo, el soldado nacido mujer, la fascinó.

Monumento a la Monja Alférez en Orizaba, Veracruz

Monumento a la Monja Alférez en Orizaba, Veracruz (ISAAC VÁSQUEZ PRADO/)

Otra es que la ciencia de la época había declarado que las mujeres eran hombres que simplemente no habían sido perfeccionados, un concepto conocido como modelo de un solo sexo. Catalina de Erauso encarnaba la idea de trascender su precaria condición de mujer al vestirse de masculinidad.

Finales

La historia de la monja alférez, en su autobiografía, termina pendenciera y abruptamente. “En Nápoles, un día, paseándome en el muelle, reparé en las risotadas de dos damiselas que parlaban con dos mozos. Me miraban, y mirándolas, me dijo una: ‘Señora Catalina, ¿adónde se camina?’”.

“Respondí: ‘Señoras p…, a darles a ustedes cien pescozones y cien cuchilladas a quien las quiera defender’. Callaron y se fueron de allí”.

La historia de Catalina de Erauso terminó fuera de la vida pública, se cree que en 1650 en la localidad de Cuitlaxtla, México, tras pasar sus últimos 20 años trasladando a pasajeros y equipajes desde el puerto de Veracruz a la ciudad de México con una recua de mulas. Dicen que en ese entonces se llamaba Antonio de Erauso.

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