27/11/2021

Mondongo de plastilina: el plato fuerte de la temporada de arte primavera-verano

Tras veinte años de hacer pintura con plastilina, los artistas de Mondongo se acercan a un estado de celebración. Superado el aislamiento de una cuarentena sin asistentes, el dúo –la pareja– vive ahora un gran momento personal y artístico: dos muestras monumentales durarán todo el verano, en Buenos Aires y Mar del Plata; una instalación que rinde homenaje a su paleta de colores quedará exhibida de forma permanente a pasos de la Catedral y una película documental del cineasta Mariano Llinás se está rodando para registrar su última gran hazaña.

Manuel Mendanha y Juliana Laffitte, las dos partes de Mondongo, en su taller, frente a un tondo creado con imágenes de villas de emergencia de distintas partes del mundo (Ricardo Pristupluk/)

En este momento, llegan las cajas de madera que mandaron a construir especialmente para poder trasladar -desde su taller hasta la galería Barro- una serie de obras redondas sin que salgan rodando por el camión de mudanzas. “Esto va a ser un vacío total. Estamos embalados y queremos que se vayan para empezar obras nuevas”, dicen. Tienen que desarmar un retablo en tres partes para subirlo por el montacargas, desde el subsuelo donde trabajan en Palermo, hasta La Boca. Ajustan detalles, tensan los hilos de un tendido eléctrico en un paisaje de viviendas de emergencia, acomodan la pluma escondida adentro de una cabeza y dan los últimos retoques a una mano, una cara.

Un mundo en 3275 colores

El material que identifica a la obra de Juliana Laffitte y Manuel Mendanha, la plastilina, ya no tiene secretos para ellos. Entre sus últimos descubrimientos está el uso de la Pastalinda, la máquina de hacer fideos que les entrega planchas delgadísimas de material prensado, y un rastrillo, con el que pueden darle textura de hilo. Así logran la sutileza de la caída de un paño o de un pelo. Cuando la calientan, hacen dripping o goteo, como expresionistas abstractos. También, amasan bolitas minúsculas y las aplican como puntillistas. Todo esto se verá desde este sábado, a las 15, cuando inauguren la exposición Conejos blancos, una serie de tondos (cuadros en forma de disco, de gran tamaño), un retablo y una enorme instalación, que, como su título deja presumir, remite a Alicia en el país de las maravillas. “Lo pensamos como un símbolo de buscar la magia, lo misterioso. Seguir un camino que no sabés adónde te lleva”, sugiere Juliana. “Señuelos que te permiten encontrar mundos paralelos”, agrega Manuel. “Detrás de ese conejito va nuestra búsqueda”, redondean.

Suelen discutir en las entrevistas, pero esta vez hay armonía en el Mondongo sustancioso que conforman. Se abrazan para la foto y la invitación a la exposición los muestra en un beso apasionado de hace veintitrés años. “En la pandemia nos reencontramos. Y cuando pudimos volver al taller, nos encerramos catorce horas por día sin parar para terminar esta muestra, con una felicidad…”, cuenta Manuel. “El primer día que pudimos volver fue tremendo. ¿Qué hacemos? Empezamos a charlar y no había entendimiento alguno”, recuerda ella. “Hablábamos distintos idiomas, rarísimo en nosotros que estamos conectados mentalmente y en general ni hablamos para trabajar”, sigue él. “Cuando pudimos conectar fue muy hermoso. Arrancamos y no paramos. Hicimos todo en cuatro meses. La enseñanza de este tiempo es que estar juntos con el arte es una salvación para nosotros. La elección fue meterle nafta a esta unión”, remata Juliana.

Otro tondo rodeado de bocetos, imágenes de referencia, estudios de color y más inspiraciones

Otro tondo rodeado de bocetos, imágenes de referencia, estudios de color y más inspiraciones (Ricardo Pristupluk/)

El ingreso a Barro será por un túnel de sesenta cuadros al óleo que el dúo hizo al comienzo del confinamiento en su casa. “Son retratos de ojos de gente cercana”. La idea surgió en diálogo con la poeta norteamericana Ariana Reines. Justo antes de que comenzara la cuarentena, en marzo de 2020, estaban viajando por Italia. Llegaron a volver al país una semana antes del cierre de fronteras. Trajeron de ese recorrido un caudal de imágenes renacentistas que dieron su fruto: la pieza central de la exposición es una estructura a imagen y semejanza el Baptisterio de San Giovanni de Florencia. Un dodecaedro de 6,31 metros de ancho máximo (de vértice a vértice), que contiene una instalación inmersiva, con paredes recubiertas de todo el espectro cromático: una paleta de 3275 tonos de plastilina. Así, Baptisterio de los colores multiplica sus paredes hasta el infinito, merced de un piso y techo de espejos. “Permite jugar con el color y estudiarlo. Es una forma de compartir el aprendizaje que hicimos con la plastilina todos estos años. Empezamos en 2002″, explican.

Los Mondongo también tienen de renacentistas esa idea del privilegio del trabajo manual y la cantidad de horas puestas en la obra. Por ejemplo, pueden rehacer una pieza las veces que sean necesarias y cambiar de color partes enteras. “Los cuadros nos hablan y los podemos escuchar”, dice Juliana. Esta vez no pudieron ser un taller de artes oficios, con su coro de aprendices, sino que a la fuerza se recluyeron como monjes. “Yo tuve una crisis con el material y no quise usar más plastilina. Por eso hicimos las pinturas de los ojos. Después de volver al taller pude otra vez disfrutarla”, sigue.

Ya en la galería, la paleta cromática del dúo se despliega en el dodecaedro del "Baptisterio de los colores", una obra que remite al renacimiento florentino

Ya en la galería, la paleta cromática del dúo se despliega en el dodecaedro del «Baptisterio de los colores», una obra que remite al renacimiento florentino (Gentileza Agustín Mendilaharzu/)

Sin embargo, el romance con el material está intacto, y Manuel lo explica con pasión: “Nuestra búsqueda fue siempre encontrar un medio de expresión. El políptico de plastilina de Buenos Aires que ahora está en Houston está inspirado en el Políptico de Gante de Van Eyck, que es el primer cuadro al óleo que se conoce. Cuando aparece el óleo cambia completamente la manera de expresarse. Desde ese momento hasta ahora nunca hubo un medio que lo supere. En mi humilde opinión, la plastilina lo permite. Me encantaría que la aborde otra gente. Permite pintar, esculpir y modelar al mismo tiempo. Abre un mundo nuevo de experimentación”.

Durante un tiempo, tuvieron dos ayudantes que mezclaban colores. A ellas les encargaron desarrollar los tonos de una obra de Balthus y cuando vieron la paleta toda junta y desplegada se les ocurrió esta idea. Cada bloque de color tiene su nomenclatura de referencia. Hay un violeta especial hecho por la pinturería que los provee para esta obra. “Nos genera alegría. Mirás la parte que va de los rosas a los rojos y es un amanecer. Si te das vuelta y focalizás en los verdes, es una selva”, observa Juliana. Cuando termine la exposición, la obra se va a emplazar en Fundación Arthaus, que se presentará el 2 de noviembre en Bartolomé Mitre 434, a pasos de Plaza de Mayo. El presidente es el coleccionista Andrés Buhar y María Teresa Constantín, la directora artística.

Antes de su mudanza a la galería de arte, un vistazo al retablo de la piedad invertida: la hija sostiene en brazos a la madre

Antes de su mudanza a la galería de arte, un vistazo al retablo de la piedad invertida: la hija sostiene en brazos a la madre (Ricardo Pristupluk/)

Retablo del fin del mundo

En Barro, por primera vez se verá en el país uno de los siete retablos que llevan hechos y que están distribuidos en el mundo: uno de la Villa 31 lo tiene la jequesa de Abu Dhabi, otro integra la muestra permanente del Museo de Bellas Artes de Houston, y el resto está en París, Nueva York, Alemania… En el reverso hay una composición facetada en tonos de azul agrisado de distintas tendencias del arte del siglo XX. Y adentro, una piedad invertida: la hija sostiene en brazos a la madre. Estará al final de la muestra, como algo utópico. “Esperamos que las nuevas generaciones sean mejores que la nuestra. Nos pintamos nosotros porque somos lo que tenemos a mano”, se disculpan, como si hiciera falta.

En los tondos, las mismas figuras se repiten: la mujer, el hombre y la niña. Aparecen objetos, como una cruz, una raíz, una mujer tras las rejas y la pintura de Courbet, El origen del mundo. Pero es el fondo el que completa el sentido, sean paisajes (florentinos o de villas de emergencia), composiciones abstractas o un tablero de El juego de la vida. Cada cuadro es una experiencia poderosa que se vive en el cuerpo.

“Antes de este proyecto teníamos una fantasía, que era hablar del paraíso para salir de la realidad, pero no pudimos. Se impuso”, cuenta Juliana. No será un paraíso, pero sí es esperanzador volver a ver su serie de paisajes de Entre Ríos que mostraron en el Museo de Arte Moderno durante 2013, la última vez que presentaron pinturas de plastilina en el país. El 4 de diciembre se inaugura Argentina –así se llama– en el MAR, para zambullirse en esa instalación circular de 45 metros, después de un chapuzón en el mar. “Estamos contentos porque extrañamos el contacto con la gente y el espejo que es cuando ven la obra”, dice Juliana. Estará la muestra en el museo de Mar del Plata hasta las pascuas y la de La Boca hasta marzo. Un verano a puro Mondongo.

PARA AGENDAR

Conejos Blancos, exposición de Mondongo en la galería Barro (Caboto 531). Desde el 30 de octubre, de 15 a 20.

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