23/05/2022

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Luciano Lamberti, escritor de oficio: “Trato con todas mis fuerzas de provocar alguna emoción”

“Hay niveles de consagración. Uno es el nivel Mariana Enriquez, y Samanta Schweblin, y Camila Sosa Villada, o, no sé, Agustina Bazterrica. Y después, mi nivel de consagración, que es mucho menor”, dice Luciano Lamberti, haciendo énfasis en un “mi” que da cuenta del lugar central y a la vez periférico que ocupa el escritor oriundo de San Francisco en el ecosistema de la literatura argentina. Es un escritor relevante, cada vez más leído, pero aún no tiene el volumen de consagración popular de las colegas que él mismo nombra. Y eso le sienta bien.

“Yo esa presión no la siento ni miércoles. No siento ni censura ni presión por hacer tal o cual cosa. Está bueno tener más lectores, uno escribe para ser leído y en el mejor de los casos para vivir de la escritura, pero tengo cosas más importantes”, explica él mientras responde cómo se siente con el hecho de ser un nombre cada vez más recomendado entre lectores ávidos de carne fresca.

“Tengo que conservar cierta aventura en la literatura para que siga siendo interesante. Es casi como un matrimonio”, sintetiza el escritor y también docente, quien a sus 44 años reparte sus días entre la construcción paciente y constante de su propia obra y un impresionante organigrama de talleres literarios.

“Yo siento que escribía mejor a los 20, que tenía más fuerza o me importaba menos, entonces tengo que buscar estímulos formales y temáticos. Me preocupa más eso que llegar o no a lectores. Ya me resigné a que tengo ciertas taras, y que el público al que a mí me gustaría llegar, que es el público de mi tía, no voy a llegar. Tengo demasiados problemas. Me resigné a que mi tía no me lea y puedo ser yo mismo con tranquilidad”, dice sobre un vibrante trayecto literario que incluye, entre otras, las novelas La maestra rural y La masacre de Kruguer o el volumen de cuentos La casa de los eucaliptus.

Novedad y retrospectiva

En las últimas semanas, Penguin Random House editó Gente que habla dormida, un volumen que incluye un nuevo libro de relatos, Pequeños robos a la luz de la luna, y dos greatest hits del cordobés: El loro que podía adivinar el futuro (2012) y El asesino de chanchos (2010). No tan curiosamente, un compendio de ambos libros salió bajo el título de Grandes éxitos en 2020 por el sello chileno Banda Propia.

“Estos libros estaban con (la editorial) Nudista y yo entendí que habían cumplido cierto camino, cierta trayectoria. Me interesaba poder vendérselos a Random y reeditarlos por ahí para que tengan sobre todo una mayor distribución”, explica sobre los dos volúmenes de cuentos que impulsaron el crecimiento de su carrera como narrador.

“Había mucha gente que no los conseguía, lo que al mismo tiempo estaba bueno, porque implicaba que sea medio mítico”, dice sobre la decisión de poner a disposición esos títulos para un público más amplio, y también más mainstream. “En la editorial dijeron que sí, pero que iban a salir los dos libros en un solo volumen, y que si le podía agregar algunos cuentos. Entonces terminé escribiendo un libro nuevo”, sintetiza sobre esta novedad que tiene también mucho de retrospectiva.

“Vivía en Córdoba cuando escribí algunos de esos cuentos cortos, de una o dos paginitas. Nunca había encontrado la oportunidad de publicarlos pero me gustan mucho, son casi como viñetas, están más cerca de la poesía que de la narrativa”, dice sobre una parte del material incluido en Pequeños robos a la luz de la luna. “Otros, los más largos, son bastante nuevos. Pero es un libro que armé y terminé de escribir el año pasado gracias a una beca del Fondo Nacional de las Artes. Me parecía que estaba bueno un libro de cuentos de 300 páginas”, concluye sobre el flamante volumen que lleva impresa en su contratapa una máxima de Mariana Enriquez sobre la extraña y fascinante literatura de Lamberti: “Cada uno de sus libros es, para mí, un acontecimiento”.

–”El asesino de chanchos” y “El loro que podía adivinar el futuro” se siguen multiplicando. ¿Cómo te llevás con esos libros hoy?

–Depende del día, a veces me gustan. Lo que me gusta invariablemente es mi librito de poesía, San Francisco. Lo abro, leo un par de líneas y digo ‘qué lindo’. Pero con la narrativa me pasa que a veces me gusta, a veces me gustaría ponerme a corregirla, pero eso implicaría un cambio demasiado radical. Más allá de algunas sugerencias muy puntuales, no cambié demasiado de los libros originales porque si no es como cambiar el concepto de cuento, ¿viste? El asesino… lo escribí bastante joven y sin embargo creo que está bueno. Lo que hice fue metabolizar mi infancia en ese libro. Es lo que yo veía y conocía del mundo, San Francisco y alrededores, y las sierras. El loro… tenía más que ver con el laburo con el género, algo más exótico, más extraño, pero también tiene que ver con la infancia, como todo lo que escribo. Si los sigo publicando es porque me gustan. Yo escribo un montón y publico lo que me gusta, no voy a publicar algo que esté más o menos.

–¿Cómo conviven los roles de escritor y tallerista?

–Hay gente a la que dar talleres la agota, o no le deja escribir. A mí me pasa todo lo contrario. Primero, porque me gusta. Soy un afortunado porque me gusta mi trabajo, rarísimo. Me gusta hacerlo, la paso bien, me involucro en los textos. Las ideas que surgen son maravillosas. A veces les tiro máximas a mis alumnos que surgen ahí, no son algo que yo haya pensado fuera del taller. Y el hecho de trabajar con materiales ajenos me da más ganas de escribir. A la vez me obliga a tener cierto piso. Vos le estás hinchando a tus alumnos para que corrijan, reescriban, piensen bien las cosas… No podés después publicar cualquier cagada (risas). Igual no quiero irme al otro extremo. Yo escribo a la mañana y doy talleres a la tarde: esos son mis días de civil. Y están buenos. Antes daba dos talleres y con la pandemia empecé a dar más, ahora estoy dando seis, que es un montón pero vivo exclusivamente de eso. Dejé todo y me aboqué a los talleres. Está buenísimo, yo la estoy pasando bien.

–Trabajás con el terror y lo fantástico. ¿Hasta qué punto te involucrás emocionalmente en la creación de esos universos?

–La literatura no se trata ni de escribir bien, o excelso, ni siquiera se trata de contar historias. Se trata de provocar emociones. La historia es un elemento más, pero se trata de llevar al lector en un embudo hacia un lugar determinado y eso es recontra difícil. En la literatura argentina hay mucha cosa intelectual, insoportable, y a mí no me interesa. No es una opción. Yo trato con todas mis fuerzas de provocar alguna emoción. Para mí es ideal que alguien se levante a la mitad de la noche a hacer pis y se acuerde de una partecita de mi libro. En el fondo, leés un libro, pasa, después leés otro. ¿Qué te queda de un libro? En lo mejor de los casos, una sensación en el cuerpo. Eso es lo potente, ¿no? Y lo lográs con palitos y circulitos, con el lenguaje.

  • Gente que habla dormida, de Luciano Lamberti. Incluye los libros de cuentos “El loro que podía adivinar el futuro” y “El asesino de chanchos” y el inédito “Pequeños robos a la luz de la luna”. Editorial Penguin Random House, 2022. $ 3.000

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