21/05/2022

Mirando la Hidrovía

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Guerra, expectativas y más allá la inflación

El pésimo dato de inflación recientemente conocido al igual que el del mes anterior, más allá de las décimas de diferencia, hizo subir escandalosamente la tasa anualizada, que ya excedió las previsiones de mantenerse alrededor del 60% y con altas probabilidades de subir varios escalones.

El escenario es aún más complicado si tenemos en cuenta que los tradicionales disparadores del incremento de precios se han mantenido medianamente constantes.

Por un lado, si bien en los últimos meses el Banco Central (BCRA) aceleró el ritmo de la tasa de devaluación y la llevó a un 3% mensual, está lejos de las depreciaciones que se produjeron durante 2019 (que llegaron al 30% mensual), cuando se alcanzaron movimientos de precios apenas inferiores a los actuales.

Tampoco hubo saltos en las cotizaciones de las diferentes alternativas de negociación; es más, en los últimos meses la brecha se redujo sostenidamente.

Por el otro, el déficit fiscal y el aumento en la cantidad de dinero que provoca su financiamiento se han reducido sostenidamente, tras los valores alcanzados cuando se implementaron las restricciones a la movilidad producto de la irrupción de la pandemia del Covid-19 y se mantienen estables en términos del producto interno bruto (PIB).

Por lo tanto, es difícil justificar que el déficit fiscal sea la causa directa del incremento de los precios con argumentos sólidos.

Además, aún no se han producido aumentos de tarifas significativos, ni han impactado incrementos salariales que presionen sobre los costos de las empresas para inducir subas de precios.

En esta ocasión, el impacto llegó por el sector externo; primero fue la pandemia provocando grandes cuellos de botellas en las cadenas globales y subas en los costos de logística y recientemente el conflicto bélico en una región de significativa importancia en la provisión de energía y de alimentos básicos que aceleraron la inflación en todos los países y el nuestro no ha sido la excepción.

Aun así, los registros mundiales son, en comparación con los nuestros, sumamente bajos y el incremento fue, en promedio, de cinco puntos porcentuales. Aun tras los aumentos, las inflaciones de estos países no superan el 12% anual.

Y esto también sirve para dimensionar el impacto que puede haber tenido este contexto externo en la inflación local.

De acuerdo con el índice de precios internacionales que releva el BCRA, en el último año, el precio de las materias primas agrícolas se incrementó 31% y el del petróleo, 77%. Según algunos estudios, si aplicáramos estos coeficientes a la inflación preexistente, el resultado sería una contribución respectiva de 1,8 y 3,9 puntos porcentuales, por lo que esto no alcanzaría para explicar la fuerte suba de precios durante los últimos meses.

Razones exógenas y endógenas

Frente a la relativa estabilidad de los factores mencionados y a la medida del impacto de las variables externas, debemos identificar otras causas de la aceleración inflacionaria y acá es donde aparecen las expectativas.

La elevada incertidumbre provocada por los eventos internacionales, sumada a la historia inflacionaria de la economía argentina y a los comportamientos aprendidos de nuestros agentes económicos, llevaron a que las empresas aplicaran incrementos de precios por encima de sus costos: buscan una cobertura por posibles devaluaciones o por diferentes políticas que afecten sus intereses.

Esto se puede ver claramente reflejado en la evolución de las proyecciones de inflación para 2022, realizadas por las principales consultoras del país, a partir del relevamiento que hace el BCRA todos los meses. Estas se vienen incrementando sostenidamente, con un salto muy grande en el último mes, en línea con la aceleración actual de los precios.

Esto provoca que las empresas vean que sus propias proyecciones de aumentos de precios se quedan cortas respecto de lo que estima el “mercado” y las ajustan al alza, lo que deriva en mayores subas que impactan en la inflación actual, haciendo que las consultoras vuelvan a revisar hacia arriba sus pronósticos.

Lo que termina sucediendo es que cualquier evento disruptivo, local o internacional, tenga un impacto más que proporcional en el nivel de los precios. El año pasado fue la pandemia, en la actualidad es la guerra, antes fue la devaluación de la lira turca o la sequía. El punto es que siempre vamos a estar afectados por este tipo de shocks negativos, que actúan sobre la inflación y la llevan a un nivel cada vez más elevado.

Actualmente se agrega la incertidumbre política que genera la coalición gobernante y todo el proceso parece muy difícil de controlar.

En este inquietante escenario, el equipo económico tiene como principal apuesta para contener los precios la generación de expectativas positivas en la sociedad a partir del programa acordado con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

En la salida de la crisis de la pandemia, esta estrategia podría tener cierta lógica, pero, con el estallido de una nueva crisis global, se ha instalado otro panorama que es preocupante debido al riesgo de espiralización de los aumentos de precios.

La propuesta de política antiinflacionaria se basa en definir un horizonte previsible de las principales variables macroeconómicas, avalado por el FMI haciendo desembolsos en dólares como parte de la refinanciación del crédito otorgado, y, al mismo tiempo, en conseguir estabilidad en el mercado cambiario a partir del incremento de reservas del Central.

Se intentaría frenar los movimientos desestabilizadores en el mercado de cambios con más reservas, una parte de las cuales es aportada por el FMI para pagar cuotas del vencimiento del préstamo que entregó, sumando la negociación entre cámaras empresariales y sindicatos con la aspiración de recuperar el salario en términos reales.

A ello se agrega la determinación de canastas de precios controlados para que actúen de referencia para el resto.

Pero, hasta ahora, y por diferentes causas, el BCRA no ha conseguido una acumulación de reservas de importancia que permita mostrar una posición sólida en este indicador para afrontar posibles shocks o ataque especulativos. Además, las diferentes estrategias de control de precios han venido naufragando, como lo prueban los últimos números conocidos.

El problema reside en que se trata de una estrategia para economías en crecimiento, sin shocks externos y tasas de inflación no tan elevadas. La situación actual es diferente y la forma de encararla debe serlo también.

Pero ello reclama cierto orden político al interior de la coalición de gobierno, un objetivo que, a esta altura, resulta difícil de alcanzar porque, precisamente, se ha convertido en uno de los factores de mayor tensión.

Se requiere un trabajo coordinado que apunte a las múltiples causas del fenómeno de manera simultánea, constante y sostenida, tanto en los aspectos macro como de los microeconómicos. Nos enfrentamos al desafío de encarar una verdadera política de Estado, ya que el proceso necesita de un lapso de tiempo que va más allá de los tiempos políticos.

(*) Licenciada en Economía

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