02/07/2022

Mirando la Hidrovía

Noticias sobre la Hidrovía

Morir por pobreza en Córdoba

En Córdoba, se puede morir trágicamente de varias maneras. Puede suceder en un asalto domiciliario o a manos de un femicida denunciado y que nadie frenó.

También se puede morir por una bala perdida, una emboscada, una venganza o una pelea urbana.

La muerte violenta también puede sorprender en una ruta, en una avenida, viajando de madrugada, en una picada a la salida de la disco, o en la banquina de la Circunvalación a manos de un conductor alcoholizado.

En Córdoba, la muerte trágica y violenta también encuentra cabida en el trabajo. De manera periódica, vemos a trabajadores que fueron a hacer eso –trabajar– y que murieron allí trágicamente.

En Córdoba, también se puede morir por un poste electrificado,

Y en Córdoba también se puede morir por pobreza.

Esta cruel realidad se patentiza con cada temporada de frío. Cada año, Córdoba se nutre de historias fatales que estremecen.

Algunas llegan a ser noticia, como aquella embarazada que fue hallada congelada en plaza San Martín. Otras se pierden en la marea. Otras parecieran haberse naturalizado.

En Córdoba, cada año, muere gente intoxicada y/o calcinada simplemente por ser pobre y por calefaccionarse como sea en medio de una crisis que deglute y con respuestas que debieran llegar y no llegan.

A veces, la tragedia aparece en ese brasero, en aquel ladrillo calentado, en esa garrafa, o en aquella conexión eléctrica irregular de cables pelados porque no hay plata para otra cosa.

Lautaro, un limpiavidrios, se convirtió en la última víctima fatal de una seguidilla de tragedias domiciliarias que no debieran darse, pero que se dan, estremecen y avergüenzan.

Las lenguas de fuego que devoraron lo que era su “hogar”, en pleno Centro, llegaron a reflejarse en los ventanales de varios despachos.

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