10/08/2022

Mirando la Hidrovía

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Diez días como un trabajador golondrina: cosechar frutas y verduras, un trabajo duro y mal pago

Frutillas, tomates y limones -entre otras cosas-, todo pasó por sus manos. Si bien no hay datos exactos se calcula que hay 350 mil . Un poco se explica por lo poco que rinde el trabajo. Pero ellos agregan que los planes sociales están desestabilizando el mercado laboral. Y que la gente opta por quedarse en casa por temor a perder los beneficios.

La cosecha del limón es muy dura. Se recolecta de arriba hacia abajo, y hay que tener mucho cuidado al arrancar la fruta. Primero se cansan tus brazos, después la espalda y por último las piernas. Seguir cosechando con 20 kilos encima es para gente muy fuerte.

En la recolección de la frutilla o los pimientos el peso de las frutas y verduras no es lo que te complica. Lo difícil es la posición en la que se trabaja durante todo el día. Hay que estar agachado mientras se avanza caminando despacio. No hay espalda que aguante, y es por eso que son los más jóvenes quienes se ocupan de estos campos.

Recorriendo los campos de la zona me encontré con Ariel, un productor de limones. Cuando entré en su campo no lo podía creer: estaba a punto de tirar toneladas de limones. Según me contó “no hay precio” para su producto y le resulta más costoso vender la fruta que tirarla. Una situación muy triste en un país donde hay gente que pasa hambre.

La insensatez de un sistema económico

Lo insólito es que Ariel tiene que pagar la cosecha, para luego tirar los limones. Es que tiene que “vaciar” los limoneros para poder seguir produciendo. Si los deja en la planta, con el tiempo caerán al piso y su acidez puede dañar seriamente los suelos. A pesar de los reveses de la economía, Ariel confía en tener una buena cosecha el año que viene.

Ariel le paga a varios cosecheros, pero también convoca gente de otras provincias para que levanten la cosecha y se la lleven gratis. Esos limones luego son ofrecidos en la calle por los vendedores ambulantes.

Me fui de esos campos con el convencimiento de que nunca me iba a olvidar de esa gente. Así como tampoco de la insensatez de un sistema económico que arrastra al productor a tirar la fruta que se necesita en un país donde todavía hay hambre. Nada de eso podré olvidar, y cada vez que entre en una verdulería o lleve una fruta a mi mesa va a volver a mi mente todo lo que viví en esos campos.

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