07/08/2022

Mirando la Hidrovía

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La mala mujer

En este contexto actual, donde las dinámicas y sistemas de ordenamiento social –como por ejemplo el género– se ven interpelados constantemente, existe la sensación de que hay puntos o criterios superados. Pero lo cierto es que la cristalización de varios conceptos, derivados de prejuicios, permite que aún existan resabios que se niegan a desaparecer y adquieren la consistencia de un tabú. Sin duda el placer en las identidades femeninas es uno de ellos.

En el pensamiento binario, canónico y expulsivo, la imagen de la mujer virtuosa, respetable y funcional estuvo siempre teñida de un halo de castidad, mientras que aquella que osara manifestar o evidenciar sus deseos y formas sexuales era rápidamente catalogada con la etiqueta de “mala mujer”. La pecadora, pero sin duda también la más deseada. Se la ponía casi como un objeto prohibido y de culto secreto.

“En la casa, una señora, y en la cama, una zorra”, dice el refrán que habla de cuáles son los papeles que debe tomar una mujer ante los requerimientos de un hombre que solicita saciar sus necesidades y deseos. Pero la situación es mucho más profunda que mirar sólo la posición masculina, porque el hombre puede desear lo que se le venga en ganas. El problema está en aquellas mujeres y otras identidades que creen y naturalizan la idea de que existen para satisfacer los deseos ajenos como si fueran propios.

En temas de sexualidad, debemos comprender que el placer debe ser en ambos o en múltiples sentidos y dejar de vincularnos en relaciones de sometimiento o complacencia. Sin lugar a dudas el aporte de la cuarta ola del feminismo y las diversidades es fundamental, ya que al poner en tela de juicio conceptos tan arraigados como lo son los roles de géneros binarios (hombre y mujer cis) y celebrar la multiplicidad de existencias nos abre camino a repensar y rever las dinámicas sociogenéricas en las que estamos inmersos.

Arquetipos

La idea de separar los arquetipos de las mujeres y clasificarlas entre buenas y malas tiene una mirada histórica. La religión reforzaba este concepto con los arquetipos de Eva y Lilith. La primera, creada de la costilla de un hombre y destinada a satisfacerlo. La segunda, según los textos antiguos, fue creada de la misma arcilla que Adán y por lo tanto no se sentía en inferioridad o en posición de servidumbre, sino que, por el contrario, osaba pedir trato igualitario.

La lección que se le impartió a ella y, por lo tanto, a toda otra mujer que pretenda ser autónoma e independiente fue el destierro, pues Adán se quejó de las acciones de esta “mala mujer” con su Dios y este lo complació castigándola.

Sin embargo, también se dice que Adán –si bien vivía a gusto con Eva y lo buena mujer que ella resultaba– nunca había podido olvidar a Lilith, a pesar de que ella había sido desterrada a la oscuridad por un reclamo que hoy calificaríamos de “machista”.

El concepto de mala mujer se propagó a cada una de las acciones que permiten ser libre e independiente a una persona que no sea hombre cisgénero. Si una mujer vive su sexualidad de forma libre, es una mala mujer; si no desea ser madre, es una mala mujer; si es jefa y quiere dar órdenes a sus empleados hombres, es una mala mujer…

Las malas mujeres son las brujas que eran quemadas en las hogueras porque hechizaban a los hombres con su desorbitante sexualidad; incitaban al pecado a los pobres puritanos que, como expresa otro dicho popular, “comen santos y cagan diablos”.

Las malas mujeres se convierten, por lo tanto, en las deseadas por todos y en grandes movilizadoras de las estructuraciones sociales. Pasaron de ser prostitutas a ser hechiceras, luego madres solteras, divorciadas, desobedientes, travestis e incluso, ahora, poderosas. Porque no hay nada que se odie con tanta profundidad como a una mujer o identidad no binaria con libertad y amor propio.

* Secretaria de Género del Observatorio de Participación Ciudadana de Córdoba

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