12/08/2022

Mirando la Hidrovía

Noticias sobre la Hidrovía

Jugo de tomate, los problemas de la fobia a la sangre

Durante años he luchado contra la hematofobia. Esa conducta que consiste en evitar lugares, objetos y situaciones relacionadas con la visión de sangre, agujas y heridas.

He experimentado muchas veces esa desagradable sensación de sudor frío y desvanecimiento. De chica daba lo mismo que fueran unas gotas, un chorrito o la cascarita desprendida de una herida… Ni hablar cada vez que me tenían que extraer sangre.

–¡Igualita a la tía Yolanda! –solía decir mi madre, en su intento por encontrar un responsable genético de mi comportamiento.

Tal vez mi susceptibilidad se remonte a aquellas semanas en las que tuve que guardar reposo absoluto, a raíz de una hepatitis. Iba a segundo grado. Cada lunes, venía un enfermero a casa a extraerme sangre. Un Drácula a domicilio en toda regla.

A mi nonna Mafalda le encantaban las películas de vaqueros que pasaban por la tele. Siempre se ponía del lado “de los indios”. Toda una adelantada para su época, ya que no se plateaban aún las reivindicaciones históricas de los pueblos ancestrales. Y a pesar de que eran películas en blanco y negro, entre las flechas y los disparos, los chorros de sangre gris provocaban en mí la misma impresión. En su intento por ayudarme, Mafalda develaba el truco:

–¡Usan tomate! ¡Mucho jugo de tomate! –argumentaba en vano.

Debo reconocer que mi hematofobia se las ingenió para decir presente al aire libre, en recintos cerrados, en medios de transporte…

Como aquella mañana de sábado en la que estábamos haciendo compras en una feria franca instalada en la plaza Alberdi, de barrio General Paz. A mi madre se le estalla un granito en el mentón. Le pide al vendedor de churros un pedacito de papel de estraza. Se lo aplica con el fin de contener la “hemorragia”. La naturaleza del papel acelera el proceso y lo que estaba destinado a ser una manchita sin pena ni gloria se transforma en un ser con vida propia. Lejos de desviar la mirada, me quedo hipnotizada ante el espectáculo y, por supuesto, me desmayo.

Mi madre, acostumbrada a estas performances, me lleva hasta un banco y me da unas palmadas en la cara para que reaccione, hasta que vuelvo en mí. Lamenta no contar con perfume a mano para acelerar el trámite.

Los peligros de ir al cine

Cada vez que veía una película me dejaba guiar por la música para taparme los ojos justo a tiempo. Y hablando de cine, ¿cómo olvidar la vez que fuimos a ver Muerte en el Nilo? Corre el año del Mundial ‘78. En el hall de ingreso, la productora ha contratado los servicios de una enfermera que espera sentada y con cara de circunstancias, junto al cartel de promoción. La estrategia de marketing resulta efectiva y le imprime la cuota exacta de tensión.

En medio de la proyección, una escena con sangre sale a mi encuentro. Con lo justo, mi madre alcanza a llevarme afuera, donde me desmayo. La enfermera entra en acción. No bien me restablezco, mamá apura el regreso a la sala. Cualquiera hubiera pensado: “¡Qué desalmada esta mujer!”. Fanática confesa de las novelas de Agatha Christie, no bien llega a la butaca, le pregunta a mi padre:

–Ricardo, ¿pasó algo importante en este ratito?

–Creo que no –le responde él muy campante, mientras sacude la cajita en busca del último maní con chocolate.

Mi madre no tardó en convencerse de que, por culpa de mi desmayo, se perdió la mejor parte de la película.

Mi segunda vez “en sala” ocurrió cuando fui con una amiga a ver Amadeus. La celebrada cinta de Milos Forman arranca sin prólogos con una escena de sangre que salpica a los espectadores de las primeras filas. Por supuesto, la situación me toma por sorpresa. Fiel a mi estilo, alcanzo a decirle a mi amiga, con un hilo de voz: “Me siento mal”. Obviamente, me desmayo. Ella me reanima. Me llegan caramelos solidarios desde varias butacas del cine. Una vez superado el trance, medio en serio, medio en broma, me dice: “No salgo más con vos”. Dicho y hecho. Nunca más repetimos salida.

Mi nivel de autoconocimiento era tal que, cuando iba al secundario, rechacé participar de una visita guiada al Museo Anatómico Pedro Ara, del Hospital de Clínicas. No era cosa de pasarme todo el tiempo tapándome la cara ante cada frasco con formol. Por suerte, la profesora entendió mis razones y me encargó un trabajo especial para compensar.

¿Dónde está la vena?

Pasan los años y me recibo de profesora de Geografía. Para poder ejercer, debo obtener el denominado “Apto físico”. El mismo incluye una serie de estudios que deben hacerse, sí o sí, en organismos oficiales. Para el análisis de sangre, me dirijo una mañana al antiguo hospital San Roque. La sala de extracción carece de tabiques o de cortinas, y una fila de sillas, acomodadas una al lado de la otra y equipadas con apoyabrazos, me está esperando. “Mire a donde mire, habrá un brazo extendido” –deduzco–. Aviso al enfermero con el clásico: “No sirvo para estas cosas”.

Apenas cierro los ojos, la persona encargada demora bastante en encontrarme alguna vena que sea apta. Para colmo, las tengo finitas y profundas. Una porquería. No bien concluye el operativo, cometo el error de pararme de golpe. Por supuesto que caigo redonda.

Cuando vuelvo en mí, compruebo que estoy en el piso, que alguien sostiene mis piernas levantadas y que, por pudor, ha tenido el detalle de recoger mi pollera como el paraguas de Mary Poppins. De inmediato me doy cuenta de que veo bien con el ojo derecho, pero no veo nada con el izquierdo.

–¡He perdido una lente de contacto! ¡Que nadie se mueva, por favor! –es lo primero que digo.

La misma persona que me ha socorrido y sostiene mis piernas levantadas, revolea los ojos como diciendo “¡Oh, no! ¡Qué desgracia con esta chica!”. Por suerte, diviso la lente a poca distancia. Y así, todavía en el piso, la recojo con la mano.

–¡La encontré! –aviso de inmediato.

Me incorporo. Me deshago en disculpas. Mientras guardo la lente flexible en un pañuelo que llevo en la cartera, me recomiendan que tome un buen desayuno. Me peino con la mano y busco la salida. ¡Tengo un hambre!

Para tranquilidad de los lectores, les cuento que con el tiempo he aprendido a desplegar estrategias que evitan que protagonice reacciones tan aparatosas. Incluyen desde inspirar profundo hasta repetirme frases de autoayuda.

Una vez me dirigía a dar clases al colegio de las Hermanas Esclavas, en barrio General Paz. Tomo el colectivo frente a la iglesia del Pilar. Es media mañana. Entre los pasajeros se destaca un grupo de estudiantes de Medicina, con sus delantales blancos abiertos de par en par. Son alumnos de la Católica y se dirigen al hospital Reina Fabiola. Por lo que conversan, ese día tienen parcial.

¿Qué tema comienzan a repasar, casi a los gritos? ¡Hemorragias, por supuesto! No quiero escuchar, pero escucho. Hablan con entusiasmo de borbotones, goteo, impregnación. No quiero imaginar, pero imagino. Cierro los ojos, respiro profundo. Me repito frases hechas como “vos podés”, mientras escucho la palabra “torniquete”. Me digo: “Tenés que ir a dar clases”, al mismo tiempo que alguien describe tipos de sutura con lujo de detalle. Basta ya.

Mientras me repito: “Ya estás grandecita para papelones”, decido bajarme un par de paradas antes. Me vendrá bien tomar el aire. Las calles del barrio y sus plátanos carolinos me parecen hoy mucho más amigables que de costumbre.

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