15/08/2022

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Sergio Massa, entre las palabras y los números

El nombramiento de un abogado al frente del Ministerio de Economía de la Nación supone que el Gobierno piensa que los problemas del área son más una cuestión del universo de la política que de la economía, más de discurso que de matemáticas. Un asunto de palabras, más que de números. Los políticos normalmente tienen esa idea: que con una buena “cintura política” pueden esquivarse o bien postergarse sine die las medidas que demanda la cruda realidad económica, a menudo antipopulares.

La puesta en escena de la renuncia de Sergio Massa a la Cámara de Diputados de la Nación y su posterior jura como ministro ratifican esta convicción. Inauguró un protocolo propio de una casa real europea, holgado para circunstancia tan modesta. Con un violinista desplazó a los habituales bombos peronistas y, al día siguiente, se hizo recibir como un personaje largamente esperado por el pueblo.

En la misma dirección puede computarse la insistencia en hacerse llamar “superministro”, es decir, alguien con la capacidad y el poder necesarios para hacer y deshacer según su propio criterio, incluso más allá del Presidente, el Parlamento y la mismísima Cristina Kirchner (aunque en su discurso inicial pidió que no se use aquel apelativo y aclaró que no es mago).

Massa no quiere parecer un pelele subordinado a los caprichos de la vicepresidenta, sino alguien con el criterio suficiente para decidir el rumbo del Estado sin necesidad de consultas y autorizaciones. Por eso, su primer discurso fue más de palabras que de propuestas económicas concretas. Sería útil que pudiera entender que, en la situación actual, las palabras se disuelven en el aire. Todos esperan anuncios con números.

No a la devaluación

Sin embargo, el nuevo ministro pronunció algunas definiciones claras, aunque sin precisar demasiado cómo hará para llevarlas a cabo. Ratificó el objetivo de alcanzar el déficit fiscal acordado con el FMI, o sea, 2,5% del producto interno bruto (PIB). También dijo que cesará la emisión monetaria y que revisará los subsidios a la energía.

Pero el nuevo ministro no parece haber dimensionado la importancia del atraso cambiario y sus implicancias prácticas. Faltan dólares porque importar resulta muy barato. La mengua en las divisas impacta sobre el funcionamiento de la economía, que depende en gran medida de insumos del exterior.

Sobre el artificial bajo valor de la divisa, Massa fue claro. Dijo que la devaluación impacta en la inflación y en los ingresos. Y eso es cierto. Pero justamente por ello constituye uno de los principales problemas de la economía nacional.

Hace ya un año y medio que el tipo de cambio oficial se ajusta por debajo de la inflación. Con ello se abaratan las importaciones y se desalienta el comercio de exportación. Y no resulta fácil elaborar una estrategia para salir de esta difícil situación creada por este Gobierno. La ratificación del retraso cambiario fue tomada por la prensa oficialista como una bandera alentadora; sin embargo, debería ser una señal de alarma sobre las intenciones de la nueva gestión económica.

La política y la economía

Algunos de los funcionarios nombrados por el nuevo ministro siembran cierta inquietud. José de Mendiguren en la Secretaría de Producción no ofrece la imagen de una persona comprometida con la promoción de la competencia y la economía de mercado. Más bien al contrario: es el prototipo del industrial prebendario, que crece bajo el ala protectora del Estado.

El nuevo secretario de Comercio, Matías Tombolini, rápidamente elogió los controles de precios y pontificó acerca de sus efectos benéficos para frenar la inflación. Juan José Bahillo, nuevo secretario de Agricultura, reconoció el derecho de los productores a disponer de sus propios granos, pero enseguida hizo una petición insólita a los dirigentes rurales. Les solicitó que identifiquen su pertenencia política, con lo cual sembró la sospecha de que sus reclamos se originan en determinantes puramente políticas. No es un buen comienzo.

La clave de la situación económica argentina consiste en que, para enfrentar las profundas distorsiones acumuladas, es preciso tomar medidas correctivas que significarán, en forma transitoria, un empeoramiento de la situación de amplias franjas de la población. Es de este tema, sobre todo, que debería encargarse la política.

Massa no parece muy inclinado a cubrir este frente. Quizá piense que se trata de un área que está a cargo de Alberto Fernández. Pero el Presidente apenas mantiene jirones de poder. Su imagen es la de un fantasma que deambula por la Casa Rosada, apareciendo en alguno que otro acto para decir frases inocuas con gestos de impostación de energía y determinación.

En este momento, parece que la principal preocupación presidencial está circunscripta a que Gustavo Santaolalla acierte en mejorar las composiciones musicales que, en sus ratos libres, Fernández perpetra sin pudor alguno.

* Analista político

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