26/09/2022

Mirando la Hidrovía

Noticias sobre la Hidrovía

Entre las hojas que cantan

Los primeros días de la cuarentena, en marzo de 2020, fueron una especie de pausa en la vorágine cotidiana. Limitados por la restricción de salir de casa. Cada quien confinado a ese territorio que –por los ritmos de trabajo– solía ser el lugar al que sólo volvíamos para dormir.

En ese tiempo, muchos de nosotros desplegamos estrategias para que ese rincón fuera lo más habitable posible. Se abrió una grieta entre quienes tenían patio, quienes tenían balcón, quienes sólo podían asomarse a una ventana y aquellos condenados a un ventanuco.

Desde las redes, empezaron a circular tutoriales para hacer infinidad de cosas. Entre ellas, pequeñas huertas en un cajón o en un alféizar. Brotes, injertos, semillas. Plantas. Una lluvia de consejos para aprender a cuidar a esas hermanas tantas veces desatendidas.

Pequeños descubrimientos

Siempre me gustó tener plantas en mi casa, pero a partir de la cuarentena se volvió una necesidad imperiosa.

Una de las primeras veces que salí a hacer las compras, mirando todo como si fuera nuevo, me quedé detenida en un brote que crecía en la vereda. Las baldosas flojas y ese refucilo verde entre el cemento. Al día siguiente salí, cuchara en mano, a desenterrar de raíz eso que podría ser catalogado como yuyo, pero que para mí era el amparo de lo verde.

Uno de los filósofos más importantes del siglo 20 dejó todo para convertirse en ayudante de jardinero. Wittgenstein cuidando el verde de un monasterio en Viena. Alguna vez leí que la filósofa francesa Simone Weil había hecho lo mismo.

Ahora hago una pausa, rastreo mis notas, recorro cuadernos, consulto y no hay nada. ¿Me lo habré inventado? Estoy segura de que alguna vez vi ese lazo que los unía. Les propongo esto: hagamos de cuenta que el dato es cierto y que yo puedo reescribir la primera frase de este párrafo diciendo: “Dos de los filósofos a los que más me gusta leer dejaron todo en algún momento de sus vidas para convertirse en ayudantes de jardinero”.

Afinidades

Tengo pocos recuerdos de haber querido una planta. Quiero decir: haber sentido afecto. Con los árboles, es más sencillo. A veces es difícil distinguir si el afecto viene por la planta en sí, por la persona que nos la regaló o por el tiempo que se lleva compartido. Es más sencillo pensar en “las plantas” como conjunto que reconocer sus individualidades. Eso también lo cambió la pandemia.

Cerca de la ventana, un casi arbolito que llega al metro setenta. Tenía apenas 20 centímetros cuando me lo regalaron, en 2021. Se llama “gomero africano”, pero en casa tiene otro nombre. Las hojas se estiran hasta la ventana. Del lado de abajo, moradas. Arriba, verdes. Un arbolito que voy podando para que saque nuevos brotes y para ir dejando en macetas esos gajos, en un procedimiento que voy perfeccionando: tres semanas a la sombra, muy atenta a que no falte ni sobre agua; después, el sol terminando el trabajo.

Esos desprendimientos ya están aquí y allí, en tres lugares habitados por personas a las que quiero. Mis macetas y yo, llegando de visita para que esa planta siga extendiéndose por el mundo.

Sobre la mesa donde desayuno, un recipiente donde tiré las semillas de un anco que sirvió de cena. Ahora sale de ahí una selva de hojas suaves en forma de corazón.

Más allá, dos paltas reorientan el tronco para tomar toda la luz posible. El malvón que llegó como gajo ya tiene pimpollos. La flor del pájaro –o “ave del paraíso”– va ganando espacio sobre el escritorio. Me siento a escribir en un rincón. Prefiero trabajar en esa esquina y poder sentir, justo arriba de mi cabeza, una hoja que se alza y cae haciendo una curva.

Ayer volví de la casa de una amiga con dos gajos de menta. El olor a la tierra mojada, la maceta que compro en un puesto al volver, el perfume.

Rescates

Hace unos días, yendo al trabajo, vi tiradas en la vereda del centro un montón de ramas. Troncos verdes que habían sido cortados con una herramienta de precisión. Aquí y allá, algunos brotes. Hojas verdísimas y una flor rosa. ¿Un duraznero? ¿Un ciruelo? Me agaché a buscar algo que pudiera ser trasplantado.

De la puerta de un edificio salió un hombre que trató de mostrar con todo el cuerpo su desagrado. Una pierna más adelante que la otra, los brazos cruzados sobre el pecho, la mirada en ese gesto que cuando éramos chicos llamábamos “rebajante”.

¿Qué era lo que le molestaba? Imposible saberlo. Yo trabajaba con mucha prolijidad, sin desarmar la pila, sólo cortando aquellas ramas más flexibles que pudiera rescatar. Desde la parada del colectivo, la gente me miraba. Sí, señora de 50 años, agachada en la vereda, cortando palitos.

Hago dos cuadras, llego al trabajo, busco un vaso con agua, preparo una estación temporaria. Cuento las horas que faltan para volver a casa. Antes de llegar, paso por un vivero. El chico que atiende apenas me deja hablar. Sólo he dicho “mirá lo que encontré en la calle; estoy viendo cómo hacer para” cuando él me interrumpe diciendo “qué hermoso”, mientras tijeretea las ramas en diagonal. Justo lo que quería pedirle. Le consulto por un enraizante. Me dice que vaya a la verdulería y compre una banana. Que corte una pequeña rodaja con cáscara incluida, que clave la rama ahí y que después rellene todo con tierra.

El día termina así. La mesada de cocina con mi tesoro rescatado, ya en su nuevo sitio. Yo, comiendo lo que quedó de la banana mientras miro por la ventana.

A veces el mundo muestra su belleza. En sólo una semana, lo que era apenas un botón se convierte en una flor que no puedo terminar de catalogar. ¿Duraznero? ¿Ciruelo?

Y afuera, el fuego

Hace unos días empezó la primavera. Ciclos de la naturaleza, un circuito que siempre se renueva. Hay algo en ese movimiento que sirve de refugio y de sostén cuando los tiempos humanos parecen ser siempre el verano de la sequía y el invierno del hielo. Refugio, sostén y también alarma: cómo estamos destruyendo ese ritmo.

El país se incendia. Nuestras sierras, Rosario tapada por el humo, las yungas arrasadas. ¿Cómo fue que hicimos un infierno de lo que era un jardín? ¿Cómo fue que la ciudad de Córdoba quedó convertida en una mole de cemento donde el verde es excepción?

Quizá ahora suene ingenua la vieja frase de Martin Luther King, aquello de plantar un manzano aun sabiendo que el mundo termina mañana. Ingenua, pero certera. Quizá lo único que tengamos que hacer sea eso: sembrar, aunque el mundo se deshaga.

Releo un poema de Diana Bellessi: “Tener un jardín es dejarse tener por él y su/ eterno movimiento de partida. Flores, semillas y/ plantas mueren para siempre o se renuevan.”

Vuelve la voz de María Elena Walsh con la Canción del jardinero: “Mírenme, soy feliz, entre las hojas que cantan”.

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