28/11/2022

Mirando la Hidrovía

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Sobran los candidatos y faltan programas que superen la decadencia

Resulta inexcusable omitir una opinión fundada en realidades comprobables sobre los acontecimientos “democráticos” vividos después de la dictadura militar de 1976-1983. Porque a partir de entonces fue instituido un modelo de gobernanza exclusivamente elitista. Grandes movilizaciones detrás de las máximas figuras partidarias que fijan ideológicamente el manejo de los partidos o coaliciones, imponiendo ideas y proyectos una vez asumidos sus cargos.

Hemos convivido con este modelo democrático durante casi 40 años, durante los cuales se intentaron distintas variantes, algunas más progresistas y otras de tinte liberal, con resultados que conformaron los eslabones de un proceso de decadencia que hoy nos lleva hacia un futuro tan oscuro como impredecible.

Ninguno de estos partidos o coaliciones intentó unir a los argentinos detrás de propuestas consensuadas sobre el país y la sociedad, ni jamás se buscó instituir con los distintos sectores un modelo y una planificación que conformara un proyecto nacional.

Muy por el contrario, el modelo actual –de gestión gubernamental elitista y autocrático– fue conformado con las dos variantes ideológicas que predominan, sin que existan diferencias sustanciales entre los dirigentes, las instituciones y las administraciones, sean oficialistas u opositoras.

Como resultado de ello, convivimos con un modelo democrático de clara ingobernabilidad, porque a partir de la alternancia en el poder, lo que hoy decide un gobernante mañana lo rechaza quien lo suplanta, imponiendo sus propias políticas, que ideológicamente se suponen opuestas. Y así de forma alternada.

De esta manera, siempre optamos por proyectos parciales y abastecidos por dogmas de origen progresista o liberal, que se repiten en todo el continente con la aviesa intención de dividir y enfrentar a los pueblos, sin tener en cuenta sus historias, idiosincrasias y principios esenciales.

Y así, año tras año nos timonearon como a un barco perdido en el mar de la decadencia, bajo el designio de dirigentes e instituciones que, ganados por la codicia, la desidia y la corrupción, malograron la dignidad de grandes fuerzas laborales y el emprendedorismo de iniciativas exitosas y, lo que es peor, nos signaron a no ser un país productivo e industrial conducido por una sociedad integralmente realizada.

Desgraciadamente, esa es la conclusión que hoy corroe las conciencias.

Candidatos, sí; propuestas, no

Como clara disonancia entre la preocupación y el obrar de la dirigencia en general con los reclamos de la sociedad argentina, aparecen la desazón, el descreimiento y la fatídica presunción en millones de argentinos que prevén nuevas frustraciones, ya que se comprueba cómo estas elites están enfrascadas en pelear candidaturas, mientras la Argentina vive la orfandad de un proyecto nacional y de programas que superen la crisis integral que padecemos.

Y esto se produce porque, enfermos de poder, buscan poseer el dominio absoluto constitucional y “democrático”, en especial aquellos que crearon la grieta y fracasaron porque ningún gobierno por sí solo –en las actuales circunstancias– está en condiciones de solucionar esta crisis integral.

Además, a pesar de la pertinaz pelea que sostienen –supuestamente ideológica–, siguen manipulando la relación con el pueblo como si este fuera un rebaño de ovejas conducido a partir de un conjunto de “pastores” que lo empujan de un lado y del otro para llevarlo al lugar que sólo interesa a los gobernantes: el cuarto oscuro, para depositar su voto.

Por lo tanto, a un año de las próximas elecciones, han instalado el escenario de la puja electoral a pesar de la tremenda desazón, la desesperanza y la miseria que golpea a millones de argentinos, sin que se conmuevan sus conciencias y cercenen sus ambiciones desmedidas, buscando un hálito de responsabilidad y compromiso social.

Resulta inconcebible tanta inmoralidad y desvergüenza al asegurar que ellos, con los “mejores equipos”, no necesitan otra cosa más que la predisposición del pueblo de ir a votar, eludiendo la verdad de que los fracasos no tienen un solo dueño.

La toma de decisiones y sus implementaciones son sólo privilegios de los tres poderes del Estado. La sociedad es considerada apenas una simple convidada de piedra –tan poco, pero muy importante– porque con su voto legaliza las políticas públicas de este enfermizo modelo democrático.

De esta dirigencia, poco y casi nada podemos esperar; ni siquiera la mínima sinceridad y el reconocimiento de sus desaciertos. Sólo debemos cifrar las esperanzas en nuevas generaciones que impongan con la fuerza de sus convicciones la ineludible necesidad de constituir los ámbitos para el diálogo y las coincidencias esenciales, con la innegable participación del pueblo organizado, acordando los ejes estratégicos del proyecto nacional que integre a todos los argentinos.

* Exministro de Obras Públicas de Córdoba (1973-1974)

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